La maternidad prematura en 1999

Hace ya más de 19 años que tuve que enfrentarme a una situación para la que ninguna familia está preparada: un parto prematuro, sobre todo, si los hijos nacen con gran inmadurez. Yo tuve mellizos de 26 semanas, que nacieron con 560 y 890 g.

Para mí el parto prematuro fue como empezar a vivir de golpe en otra dimensión de la realidad. Pertenezco a esa generación de madres de «sacaleches» y «pasillo», a las que no nos animaban, cuando no nos disuadían, para que intentáramos la lactancia materna y que nunca dispusimos siquiera de un banco o una silla para pasar las muchas horas que estábamos delante de la puerta del servicio de neonatología esperando a ver a nuestros hijos, siempre que ese día hubiera suerte y ningún niño se pusiera muy malito. Una generación en la que había familias que solo veían a sus bebés cada tres días y por detrás de un cristal. Madres con terror, en algunos casos, a tener que coger a sus hijos y más aún a tener que llevárselos a casa. Alguna, me ha confesado luego que jamás ha podido abrazar a su hijo prematuro como a sus hijos nacidos a término.

Madres a las que se nos acababa el permiso de maternidad antes de que nuestros hijos hubieran salido de Neonatología, que tenían que dejar el trabajo -cuando más falta hacía- para poder cuidarlos; madres que ya no pudieron recuperar su empleo nunca. Madres que teníamos que hacer un cursillo y leernos varios libros para tomar decisiones sobre el desarrollo de nuestros hijos porque todavía no había evidencia científica sobre algunas terapias y los profesionales no siempre estaban dispuestos a manifestar su opinión y a aconsejarnos al respecto.

En el año 1999 la prematuridad era aún muy desconocida y en nuestro entorno, el de los padres de grandes prematuros, se hacía el silencio. Nadie sabía si debía darnos el pésame o la enhorabuena. Solo encontrábamos comprensión en aquellos que estaban viviendo lo que nosotros. Soy de esas madres que sobrevivimos a toda esta situación gracias al consuelo y al apoyo de otras familias y si algo me ha enseñado la prematuridad es el valor de la solidaridad. Así nació APREM, mi asociación, cuando nos prometimos que ninguna familia más se iba a sentir tan sola como lo habíamos estado nosotros.

Hoy mis hijos son dos adultos que estudian en la universidad. Si para mí la prematuridad es ya, en gran medida mi vida, me siento orgullosa de decir que afortunadamente para ellos no. Pero no ha sido fácil.